LA AUSENCIA DE HOGARES ESTABLES ESTÁ EN LA RAÍZ DEL PROBLEMA
Por qué ha fracasado la educación sexual
Fernando Sánchez Torres. Columnista de EL TIEMPO.
FUENTE: http://eltiempo.com.co/opinion/columnistas/fernandosncheztorres/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3445647.html
En los comentarios de prensa sobre el reciente informe de Profamilia, el
fracaso de la educación sexual ha tenido como chivo expiatorio a las mujeres
adolescentes, sin mencionar al otro actor en el proceso del embarazo: el varón,
que no siempre es menor de edad.
El sexo dejó de ser tabú. Su práctica se divulga sin tapujos -y hasta con
desfachatez- y se consuma en forma irresponsable, como juego o aventura, sin
medir las consecuencias. No es raro escuchar de las fiestas de colegiales en
las que el final feliz es el culto a Venus. ¿Puede aceptarse que los jóvenes
que lo practican a su libre albedrío sin efectos gestacionales se consideren
"bien educados" sexualmente? ¿Puede ser el embarazo el único
indicador de la bondad de los programas de educación sexual?
La educación, en general, se ha delegado a los colegios, lo cual, en principio,
es correcto. Pero hay aspectos en la formación de los jóvenes que deben tener
un sustento sólido -a manera de cimientos- suministrado en el hogar. Ejemplos:
el civismo, la honradez, el respeto al otro, los buenos modales, las medidas
higiénicas y el comportamiento sexual.
En otros tiempos eran los padres cabeza de hogar los encargados de ilustrar y
aconsejar a los hijos sobre lo relacionado con el sexo. Un personaje que
prestaba gran ayuda en esa labor educativa era el médico de confianza, el de
familia, infortunadamente desaparecido hoy, como está ocurriendo con los
hogares estables.
Producto de la independencia de la mujer, cada vez más reclamada y obtenida, y
que apareja una amplia libertad en las costumbres, la práctica de las
relaciones sexuales prematuras se ha disparado. Según Profamilia, los embarazos
en mujeres entre los 15 y los 19 años son escandalosamente frecuentes. Es fácil
deducir, por eso, que se viene dando libre cauce al instinto sexual desde los
primeros hervores eróticos, es decir, desde cuando los niños inician su adolescencia,
que es la etapa de transición que conduce a la adultez. En nuestro medio esa
metamorfosis ocurre entre los 12 y los 18 años, período en el que ni la mujer
ni el varón han alcanzado su completo desarrollo psíquico y orgánico.
En Colombia, esos jóvenes solo alcanzan la plenitud de los derechos y
obligaciones ciudadanos cuando superan los 18 años de edad (Ley 27/77). La ley
no establece a qué edad la maternidad se constituye en un derecho, ni en qué
momento se permite hacer uso del llamado "libre desarrollo de la
personalidad".
De ahí que algunas costumbres, como el embarazo en adolescentes y el consumo de
alucinógenos, estén adquiriendo características epidémicas, con todos los
lastres respectivos.
Ante este mal sería de desear que la ciudadanía sexual, o por lo menos el
derecho a la maternidad, únicamente se ejerciera -como se está haciendo con el
consumo de bebidas alcohólicas- una vez transpuesto el límite que fija la ley
para alcanzar la mayoría de edad. ¿Cómo hacerlo? He ahí el dilema.
El instinto sexual es producto de un imperativo hormonal. En la especie humana
no solo se consuma con fines reproductivos -como en las demás especies
animales- sino que también emerge con propósito recreativo o de placer.
Refrenarlo no es fácil, pero tampoco imposible. La continencia puede ser
educada.
A raíz del descubrimiento y empleo de "la píldora" y otros métodos
contraceptivos surgió la cultura anticonceptiva -considerada como un derecho-
que dio paso al acto sexual exento del embarazo impertinente. Se le puso freno
al componente reproductivo y se abrieron las compuertas para el goce libre del
deseo sexual, lo cual se valora como una gran conquista de la modernidad. Pese
a ello, en personas inmaduras, la anticoncepción no es tenida en cuenta o se
utiliza mal, lo que contraría lo enseñado en los programas de educación sexual.
Bien valdría la pena, entonces, revisar esos programas para que la pedagogía no
se fundamente solo en el uso de píldoras y condones, como señaló un editorial
de EL TIEMPO. La ciudadanía sexual podría ser un capítulo donde se inculcara el
control del instinto sexual en los jóvenes adolescentes.
Fernando Sánchez Torres